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El ultimo falcon sobre la tierra

Las ficciones del mañana

Por Juan Ignacio Pisano

 

¿Cómo escribir un texto para la recepción de un premio cuando nunca habías recibido uno? Estuve con esta pregunta en la cabeza varios días. Leí discursos de otros en situaciones similares. Vi videos en Youtube. Sirvieron, debo decir, bastante poco porque al final perduraron dos cuestiones que fueron las que primero se presentaron ante la página en blanco: el agradecimiento, por un lado, y ciertas ideas sobre la literatura en la actualidad, por el otro y por ahí andaré.

 

Comienzo por la literatura y el presente

Lo sabemos: la distopía no es un género ni anticipatorio ni predictivo. Es un

género que piensa al presente de su producción, proyectado al futuro. Es un juego de imaginación. Un artificio. Puede ser más o menos acertado, pero eso poco importa. Lo que vale la pena destacar de ese género es que emerge de un contexto preciso, que se vincula a su contemporaneidad de un modo singular. Y en este momento, en el que no solo desde la literatura sino también el cine y las series se han encaminado de un modo insistente a construir distopías, lo que más nos debería llamar la atención es esa pulsión por imaginar futuros acuciantes, incluso terribles. ¿Qué hay en nuestro presente que motiva esas derivas en la ficción? Es una pregunta que invoco para señalar que me importa destacar la posibilidad misma de su formulación porque contiene algo que se vincula a la relación con el otro. Hay, ahí, una imaginación compartida que insiste en señalar al presente y sus fisuras. La distopía hace de esas fisuras un manantial de ficciones que guardan una preocupación por el destino de la comunidad en la que vivimos. Nuestro presente, descreído de la idea de un progreso continuo y lineal hacia un estadio mejor para la humanidad (como podemos rastrear en Julio Verne y sus utopías científicas), convierte a la fisura en posibilidad. Esa posibilidad puede ser nombrada como ficción.

En ese marco, me interesa pensar a la literatura como insistencia. ¿En qué insiste la literatura? En existir como forma de discurso que interviene para brindar diferencia respecto de otros discursos. Ante formas de uso de la palabra que se obcecan en presentarse como lo real en sí y que consolidan un sentido común convencido de encarnar y poseer la verdad, la literatura, en las realizaciones que me interesan, desnuda un aspecto que, sin embargo, no es exclusivo de su práctica sino del lenguaje como tal: que a lo real hay que ponerlo en un decir, esto es: en un riesgo. O, en otras palabras, que hay que entramar lo real en las posibilidades y restricciones que la lengua nos brinda.

Así, ante esos discursos que persisten en negar a la lengua volviéndola transparente y suponiendo un contacto directo con la materialidad del mundo y los actos humanos, la literatura insiste como posibilidad de señalar la opacidad que anida en nuestra relación con lo real. Porque, en definitiva, lo que está en discusión allí, y que es donde se juega el mañana, son las formas de narrar el presente y el por-venir. Es decir, en esa disputa (donde, a su vez, la política tiene un rol central) se destinan las ficciones que estructuran la vida en comunidad: que la destruyen o la propician, que la restringen o la liberan. La literatura hace posible, sin imponerlo, el reconocimiento de la distancia que hay entre lo real y nuestra comprensión de ese real. Aquellos otros discursos, en cambio, se asumen como lo real presentificado. Negocian el destino de la vida humana en las palabras que se dicen en bambalinas, y salen a escena como si la escena no existiera. La literatura, por el contrario, expone el reconocimiento de su condición constructiva. Son, ambas, formas de existencia de la ficción, sin que esto signifique caer en un relativismo donde verdad y realidad se disuelven. Por el contrario: en este reconocimiento reside la posibilidad como tal y, sin posibilidad, aguardan, constantes y latentes, las formas de existencia del fascismo. Hoy, en un momento de crecimiento de afectos ligados al odio que ingresan por la palabra y parasitan los cuerpos, la literatura debe mantener vigente la opción que en ella late: hacer de la distancia que separa a las palabras de las cosas una matriz de posibilidades, un espacio en el que lo humano se imagine como contingencia (es decir: como un posible) y no como forma restrictiva que elimina al otro. Este, creo, es un asunto urgente. Allí reside el futuro que nos espera, y que en el presente vive bajo la forma de todas esas ficciones del mañana.

Por otra parte, agradecer no me parece ni algo menor, ni anecdótico: no concibo a la literatura como práctica sin el otro, sin la intersubjetividad y los agenciamientos.

Empiezo, entonces, por agradecer al jurado y su generosa lectura. A Filba y Fundación Medifé por confiar en la novela y por el excelente trato de sus integrantes. Este premio como tal viene a hacer algo que no ocurría en la Argentina: permitir que textos que pudieron pasar más o menos desapercibidos vuelvan, como zombis buenos, a la vida y a la circulación. Eso me parece algo muy destacable. Además, los comentarios de Luis Chitarroni, Beatriz Sarlo y Eugenia Almeida han sido de un estímulo invalorable. Esta situación, por otra parte, permitió una pregunta: ¿qué diría aquel pibe que hace ya varios años comenzó un taller con Paula Jiménez España queriendo escribir poesía en una mezcla (de resultado no muy feliz) de Luis Alberto Spinetta, Alejandra Pizarnik y Alberto Girri; o qué diría aquel otro que, poco tiempo después, empezaba la carrera de Letras y se fascinaba con la lectura de textos críticos sobre Sarmiento o Boedo y Florida escritos por parte de ese jurado? Es algo que me inquieta recurrentemente, más aún hoy que soy padre, y que me sirve de guía para no claudicar: ¿cómo verían mis yo del pasado, sobre todo los de juventud y niñez, la actualidad que me toca? Sin dudas, lo que está ocurriendo con esta novela les alegraría, y mucho. Y hoy, en este yo de este presente, puedo mirar a los ojos a ese pasado y decir que no claudiqué. En un plano personal, conozco pocas mejores formas de existencia para la felicidad.

Pero para que la historia de El último Falcon sobre la tierra (que, en definitiva,

es lo importante acá, y no esta alocución subjetiva) pudiera ser escrita hubo previamente experiencias, que agradezco. Sin ellas, no habría narración. Ir a ver carreras de Turismo Carretera con mi papá. O escuchar a mi abuelo Carmelo y a mi tío Osvaldo contarme historias y, también, crear relatos sobre nuestras experiencias vividas. Ser esposo y compañero. Ser amigo. O la experiencia de ser tío, que es de las más maravillosas que me tocaron. Y ser tío, en particular, de Juana, que me enseñó a ser mejor persona y que es la fuente de donde nace Ema. O ser hincha de San Lorenzo, porque esa pasión me puso ante situaciones que marcaron mi vida. Puntualmente, me refiero a una: estar en el Nuevo Gasómetro con mi tío Osvaldo ya ciego y narrarle lo que iba ocurriendo en la cancha, como un relator improvisado y de voz aniñada. El último Falcon no es una novela autobiográfica, pero la biografía es parte de su historia.

Y hay más otros que quiero destacar: los y las restantes finalistas del premio.

Haber compartido con esas escrituras maravillosas la lista de diez finalistas fue un sacudón de energía enorme. Varios de esos libros los había leído y me habían fascinado.

Ese lugar compartido fue una forma de potenciar la escritura.

Reservo para el final de los agradecimientos un espacio muy particular para

Liliana Ruiz y Baltasara Editora, así como para el jurado (del cual desconozco sus nombres) que premió a la novela con la publicación en 2019. Gracias por haber confiado y gracias por todo el trabajo que, como editorial independiente, entregan al mundo. ¿Qué sería de la literatura sin esas editoriales y esas editoras como Liliana? Un espacio de concentración. Y la literatura, precisamente, debe ser otra cosa: dispersión, diferencia, apertura. Sin la condición material que ellas brindan, la realidad de esta forma de arte sería otra, menos promisoria.